Aterrizaste, aquí, sin previo aviso
y burlándote hasta de la gravedad,
atravesaste mi pared cardíaca y te acomodaste
a los vaivenes de mi ventrículo izquierdo.
Cuando desestimé todo intento de seguir,
ahí estabas tú, apaciguando mi vértigo ante la vida,
con tus manos acotadas, a veces mudas
y, a veces, subtitulando el lenguaje de mi piel.

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